Miguel Ángel Delgado, autor de este artículo,  es comisario de varias exposiciones dedicadas a Nikola Tesla en las Fundaciones Telefónicas de Madrid, Bogotá y Buenos Aires, CENART de Ciudad de México y Parque Fundidora de Monterrey.
Ha publicado dos volúmenes dedicados a este inventor en la editorial Turner: "Firmado: Nikola Tesla"​ (2012) y "Yo y la energía"​ (2011, 4 ediciones, 8.000 ejemplares vendidos), así como la novela "Tesla y la conspiración de la luz"​ (Destino). 


Nikola Tesla, el padre de la sostenibilidad


Aunque aún existen personas para las que Nikola Tesla (Smiljan, actual Croacia, 1856-Nueva York, 1943) es un desconocido, en los últimos tiempos estamos viviendo un auténtico movimiento de recuperación que está situando al inventor, científico e ingeniero en el lugar que merece: uno de los cruciales para que, a finales del siglo XIX, la electricidad se convirtiera en la fuerza motriz que propició el mayor salto tecnológico de la historia. Gracias a sus descubrimientos, que permitieron aprovechar la corriente alterna que hoy circula por nuestra red, y al diseño y construcción del motor de inducción polifásico, que casi siglo y medio después sigue impulsando la mayor parte de nuestros aparatos eléctricos, los aportes teslianos pusieron las bases para que, en apenas unas décadas, el mundo se transformara de una manera sin precedentes. Aún hoy, utilizamos constantemente en nuestra vida diaria los hallazgos de Tesla.


No menos importante fueron sus aportaciones en otros campos en los que no tuvo el debido crédito, como el de la transmisión inalámbrica de electricidad: sin sus trabajos Marconi nunca habría podido lograr la primera transmisión a través del Atlántico, en 1901, tal y como reconoció una sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos en 1943. Y aunque falló en su gran visión, la construcción de una gran red de torres que cubriese el planeta para transmitir no sólo información, sino también energía de manera universal y barata, hoy muchos innovadores se inspiran en sus ideas y su capacidad visionaria para aportar soluciones a los retos de un mundo que se resiente de los excesos del rápido crecimiento de nuestra civilización.

En ese sentido, resulta sorprendente cómo Tesla, cuando nadie se preocupaba por el medio ambiente y se pensaba que los recursos del planeta eran poco menos que inagotables, y que podían ser dilapidados de forma impune, ya adelantó preocupaciones que hoy nos resultan, desgraciadamente, muy familiares. En su ensayo de 1901 El problema de aumentar la energía humana, ya denunciaba que consumir las reservas de combustibles fósiles (en aquel momento, antes de la revolución del petróleo, sobre todo el carbón) equivalía a hipotecar el futuro de las generaciones venideras.


Por ello, Tesla urgía a profundizar en la utilización de energías que no consumieran materia. En concreto, señaló cuatro, que sorprendentemente nos resultan muy familiares en nuestros días: la hidráulica (ya en uso en aquella época), la solar, la eólica y la fuerza de las mareas.


Muchas décadas antes de que naciera el concepto de "ecología", Tesla ya explicaba el universo, y la Tierra, como un sistema en complejo equilibrio, en el que cualquier alteración, por mínima que fuera, en una parte tenía consecuencias en el conjunto. Por primera vez en la historia, la humanidad tenía la posibilidad de transformar la naturaleza y tomar las riendas de unos procesos que hasta ese momento parecían reservados sólo para las fuerzas divinas. Pero la contraprestación era que sólo si se hacían desde una forma responsable, especialmente con el medio ambiente, redundarían en una mejora de la vida en el planeta. Lo contrario abriría las puertas a peligros terribles que podrían incluso poner en peligro a la especie, como amargamente comprobaría al ver que sus estudios en busca de un arma definitiva que en teoría acabase con todas las guerras chocaba con la carnicería sin precedentes de las dos contiendas mundiales.


Profundo amante de los animales y progresivamente preocupado por diseñar una dieta saludable que otorgara a las personas vidas longevas y de máxima vitalidad física e intelectual, en ocasiones el llevar sus visiones al extremo acabó haciéndole caer en ideas y teorías excéntricas que despertaban la burla de sus contemporáneos. Pero sería injusto que esos excesos, producto de una mente en constante ebullición que se preguntaba constantemente sobre lo que le rodeaba, empañaran la capacidad de entender un mundo que, en realidad, estaba a un siglo de distancia del tiempo que le tocó vivir. Es ahora cuando vivimos en el mundo de Tesla y, por ello, cuando podemos comenzar a entender muchas de sus ideas.


Miguel Ángel Delgado


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